Tengo una deformación profesional: voy por los pueblos mirando cosas.
Iglesias, casas, escudos, piedras. Lo normal cuando una se dedica a esto. Pero también me fijo mucho en esos edificios que llevan toda la vida ahí y a los que, de tanto verlos, ya ni hacemos caso.
Como las bodegas cooperativas.
Y claro, entras y empiezas a cotillear.
Un depósito de hormigón, una báscula, maquinaria que sigue por allí no se sabe muy bien por qué, etiquetas antiguas, fotografías, libros de socios. Cosas que alguien te enseña diciendo «esto es viejo» o «esto siempre ha estado aquí» y que a mí me hacen pensar justo lo contrario: pues habrá que ver qué cuenta.
Porque luego preguntas y sale de todo.
Vendimias, cuadrillas, almuerzos, palabras que ya casi no se usan, familias enteras ligadas a la viña. Uno se acuerda de una cosa, otro de otra y, en algún momento, aparece el inevitable «mi abuelo contaba que…».
Ahí ya me han ganado.
Todo eso también es patrimonio. Aunque no tenga una placa en la puerta ni salga en una guía.
Porque el patrimonio también está en cómo hemos trabajado, en lo que hemos aprendido unos de otros, en las cosas que hemos hecho juntos y en la forma en la que todo eso ha ido cambiando nuestros pueblos y nuestros paisajes.
Y el cooperativismo, después de más de un siglo en Navarra, ha dejado mucho de eso.
Muchísimo, en realidad.
Así que habrá que ir tirando del hilo.
A ver qué sale.
Pueblo a pueblo.




